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Above All: Una Historia De Vocación

Erich Martens Ripamonti

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Lo describen como un hombre sencillo, dedicado a los demás, que siempre –a pesar de lo difícil de la situación– esta alegre. A sus 97 años, Joe recuerda de manera clara lo que fue su vida: de un trabajo logístico en los Estados Unidos partió a la guerra y después llegó al sacerdocio. Este es el relato de un hombre cuyo mantra es: “todos, hasta el más malvado, tienen derecho a ser salvados”.

Corría el año 1944. Era agosto y dos meses antes, las costas de Normandía habían sido testigos de la mayor invasión por mar de la cual tenga registro la historia moderna. Fue durante esos días de verano cuando, feliz de poner los pies sobre la tierra, un joven teniente estadounidense desembarcó en Puerto Said, Egipto; entrando en el conflicto bélico más importante del siglo XX.

A 70 años de ese día, el padre Joseph Dorsey sigue sonriendo como ese joven teniente. Esta es la historia de un hombre dedicado al servicio. De un hombre que en vez de matar, quería salvar. De un hombre que tras ser soldado se convirtió en sacerdote. Esta es la historia de Joe.

EL HIDALGO Y EL ESCUDERO

Rafael Benavente o “el Rafa” como lo llama todo el mundo lleva poco más de 20 años trabajando en el colegio Saint George’s College, pero 50 si contamos cuando fue alumno. Fue en su tiempo de estudiante cuando conoció al sacerdote Joseph A. Dorsey, que en ese entonces hacía clases de matemáticas. Mientras conduce hacía el sector suroriente de la capital, recuerda cómo sus caminos se cruzaron.

“El father Dorsey es como un tío para mí. Él era muy cercano a mi familia”. Rafael recuerda que, con nueve años, junto a sus padres solían visitar la casa de la congregación, donde este “gringo con alma de niño” siempre los recibía.

La historia se remonta varios años atrás. “El mejor amigo y ex compañero de mi papá, el señor Jorge Cánepa, fue el primer chileno que se convirtió en sacerdote de la Congregación de Santa Cruz”. Durante su tercer año de estudio en el seminario, Cánepa se topa Joseph Dorsey, un joven veterano de guerra que había decidido seguir el sacerdocio. “Ambos se volvieron compinches. Uno escribía guiones mientras el otro conseguía todos los materiales para producir la obra. Si uno sacaba las fotos, el otro las revelaba. Creo que cualquiera al que le preguntes te diría que eran y son como Don Quijote y Sancho Panza”.

Padre Joseph A. Dorsey CSC junto a alumnos del colegio Saint George’s College

Ambos sacerdotes eran visitados regularmente por la familia en la casa de la congregación.  Mientras Cánepa y sus padres conversaban de filosofía, literatura y teatro; el father Dorsey le contaba a Rafael sus historias sobre la guerra, el tiempo que pasó en el Frente del Pacífico,  y todas las veces que se salvó al filo.  “Fue así como conocí a este gringo que había estado en la guerra, que había pasado por todos los continentes, un tipo fanático de la tecnología, al punto que llegaba a parecer un niño como yo”.

 El gringo que conoció Rafael contradecía la idea que hasta el momento tenía de los sacerdotes. Este era un “cura hippie”, que llegaba al colegio montado en una Harley Davidson con chaqueta de cuero. “Era un cura que siempre estaba feliz, y se esforzaba porque el resto lo estuviera”.

En la comuna de La Florida, un viejo portón resguarda la nueva residencia para mayores de la congregación de Santa Cruz en Chile. En el estacionamiento está el padre Jorge Cánepa junto al Hermano Donald Kuchenmeister, alegres de recibir visitas.

Entramos por la cocina. Aquí, un hombre de 97 años lee el diario, mientras el sol de la tarde le pega por la espalda. Tiene el pelo completamente blanco, se encorva un poco hacia adelante; junto a él una caminadora. Cuando aparecemos, ve a Rafael, y en un buen espanglish lo saluda feliz. “Éste joven es estudiante de periodismo, quiere escribir una historia sobre ti”. “¿A sí? –Pregunta Joe-. “Bueno, no sé qué cosa interesante pueda contarte, pero si quieres podemos conversar… ¿Qué te gustaría saber?”.

PRIVATE JOSEPH A. DORSEY

Las primeras estrellas empiezan a vislumbrarse y el living, de a poco queda a oscuras. Me muestra una foto, con su uniforme de servicio. “Esa era mi Colt 45, una pistola con la que de un solo disparo eras capaz de poner en el suelo a alguien”. Guarda silencio un instante y responde: “no se podía decir abiertamente que no querías matar a nadie. Éramos soldados del ejército estadounidense y se esperaba que protegiéramos a nuestros compañeros, que lucháramos”.

Joseph A Dorsey el día despues de haber acabado su instrucción militar

Era la mañana del 7 de diciembre de 1942. Como todos los días, Joe se encontraba trabajando en la oficina de tráfico de la Federal Metal Co., cuando la noticia del ataque a Pearl Harbor sonó en la radio.  “Es difícil describir qué fue lo que pasó conmigo en ese momento. Me sentí enfermo… furioso incluso. Se suponía que contábamos con uno de los servicios de inteligencia más preparado del mundo, y aun así, no habíamos podido prevenir un ataque dentro de nuestro territorio… un mes después fui llamado a entrar en servicio”.

Inscrito en la Fuerza Aérea, el padre Dorsey decidió postular a la escuela de pilotos. “Cuando la gente descubre que serví en la Fuerza Aérea durante la segunda guerra mundial, suelen pensar que piloteé aviones de combate. Lo triste es que nunca pude estar al mando de uno, no oficialmente al menos”. Al hacer las pruebas, descubrió que padecía un tipo de daltonismo, que aunque no era incapacitante, significaba que nunca podría estar a cargo de un avión.

Durante la guerra, Joe vive varias “salvadas al filo”, experiencias que años después, lo hicieron sentir que había algo preparado para él. “Cuando llegamos a Egipto, solo lo hicimos quince de nuestra compañía. Al embarcarnos en New Jersey, fuimos designados para supervisar los suministros, por lo que el resto de la compañía subió en otro transporte. Tres días después supimos que habían sido hundidos en el mediterráneo”. En otra ocasión, el funeral de un amigo lo hizo llegar tarde a un vuelo que todas las semanas realizaba sin falta para abastecer diferentes zonas del frente chino. “Horas después supimos que los habían derribado”.

Teniente Dorsey al momento de desembarcar en el puerto de Said, Egipto.

Mientras habla de la guerra, hay un episodio que recuerda con mucha claridad. “Una vez –mientras almorzaba con mi tripulación en un restaurant de Calcuta, India-, llegaron instrucciones que decían que debíamos ir a China. El problema era que nuestros pilotos no habían cumplido con la cantidad necesaria de horas de vuelo para hacer ese viaje. En ese momento, uno de mis compañeros bromeo diciendo que podíamos viajar a las Filipinas y comprar bananas. El tema es que lo hicimos”.

La risa de Joe se siente como si él no estuviera aquí. Por un instante está nuevamente con sus compañeros, conduciendo un jeep cargado de plátanos de vuelta al avión. “Éramos un desastre. Muchas de las cosas que pasaron en ese entonces no estaban, como se dice, in the script, pero nos divertíamos harto con situaciones como esas”.

Cuando llegaron a China, a una localidad de la provincia de Chongqing,  se encontraron con la cruda escena de familias enfermas, niños que no eran más que huesos y piel. “El Ejército podía pasar con un avión por encima de este pueblo en particular y soltar fruta fresca y medicinas. Pero estábamos en una guerra, y las personas no hacían simplemente lo que querían”.

“Ver a esas personas, esos niños muriendo por desnutrición eran suficiente justificación para mí, eran seres humanos que necesitaban ayuda. No lo pensamos. Con mis compañeros cargamos los camiones y los repartimos en la población”. Me mira a los ojos y dice: “El lema de la Fuerza Aérea es above all, y si nos jactábamos de ser los más grandes, no podíamos quedados sentados. Yo no fui a la guerra a matar personas. Yo fui a la guerra a salvar vidas”.

Hacía el final de la entrevista, le pregunto por lo peor que vivió en la guerra. Repite la pregunta en voz baja, y lo piensa un instante. Su expresión es la de un hombre que revive en su cabeza varios momentos de su vida y medita. “Nunca puede entender, y nunca encontré a nadie que pudiera explicarme porque soltamos las bombas en Hiroshima y Nagasaki. Con esas bombas destruimos, no solo una, sino dos ciudades completas”.

“Siempre me contestaron que era necesario, pero hasta hoy no veo el punto. Quizás nunca tuve el conocimiento técnico para ser un buen estratega, quizás no tenía el conocimiento para ser un buen comandante militar, porque hasta hoy no puedo ver porqué, después de volar una ciudad por completo, fue necesario destruir otra. Porqué habría tenido yo que matar a todas las personas para demostrar que tengo el poder”.

Parece que ya termino, pero justo cuando voy a despedirme me detiene: “Todas las vidas, incluso de aquellos que hacen maldad, tienen derecho a ser salvadas”.

VOCACIÓN DE SERVICIO

En marzo de 1946, a un año de haber terminado la guerra, el para entonces Capitán Joseph A. Dorsey regresa a Hammond, Indiana –su ciudad natal–, donde rápidamente vuelve a su antiguo empleo. Sin embargo, con el pasar de los meses, una inquietud empezó a crecer dentro de él.  “Había vivido cosas que me hicieron sentir que quizás tenía una misión. Qué tal vez había algo preparado para mí”.

Según cuenta Joe, una serie de señales fueron demarcando un camino, que de apoco lo guio hacía la congregación.  “Mi padre había estudiado en la Universidad de Notre Dame, donde había participado misionando en varios proyectos pastorales”. De esta forma, la congregación siempre estuvo cerca de su familia, al punto que “los mismos sacerdotes veían a comer a mí casa”.

Padre Joseph A. Dorsey al momento de ser ordenado sacerdote en la Congregación de Santa Cruz

Mientras hablamos, recuerda un incidente en que él y la congregación se cruzaron, y hay algo en ese evento que lo marcó. “el día que debía tomar el tren de Chicago a New Jersey, estaba nervioso. Estaba a días de partir a la guerra y no sabía qué esperar. Mientras estábamos en la estación, vi a un grupo de misioneros que partían en la dirección contraria, y al verlos los reconocí de los retiros a los que asistía mi padre. Los ayudé con su equipaje, y cuando ya estaban listos para partir, les desee buena suerte. En ese momento empezó mi curiosidad por la labor que la congregación hacía”.

Ya en la guerra, el no estar peleando en el frente no implicó que hubieran experiencias que lo marcaron. La pérdida prácticamente completa de su compañía tras desembarcar en África, así como la ocasión en que pudo ayudar a quienes lo necesitaban lo hicieron reflexionar aún más sobre la razón que podía haber detrás de todo.

Fue así como en el ‘48, tras asistir a un retiro religioso con su padre, le confiesa que quiere entra al seminario y ser sacerdote. “Si sientes que es lo que debes hacer, hazlo hijo”, le respondió. Un mes después Joe entra al seminario de la Santa Cruz.

UN HOMBRE MUY GENEROSO

El padre Jorge Cánepa resulta ser todo un personaje. A pesar del Alzheimer del cual padece, sabe disimularlo muy bien, orgulloso de ser llamado un intelectual. “Cuando conocí a Joe me sorprendió su generosidad. Era un hombre que estaba dispuesto a darlo todo y lo dio todo por la congregación y su misión”. Intereses compartidos como la música, los libros y la filosofía fueron los que dieron inicio a su amistad, relación que a la fecha lleva 67 años.

Mientras ambos se sientan en la misma mesa, Cánepa hace un recuento de lo que él siente han sido los mayores logros de Joe. “Para empezar decir que el colegio le debe mucho. En primer lugar fundamos el departamento de audiovisual, y aunque para el 73 la FACh se ocupó de desmantelarlo, al volver la congregación el 81, volvemos a fundarlo”. Más adelante el padre Dorsey funda el archivo del colegio, convirtiéndose en su guardián oficial desde 1984 a 2012. También se encargó de hacer de capellán para la comunidad inglesa, realizando misas todos los domingos.

Para terminar la última entrevista, le pregunto al padre Jorge qué cree que es lo que más caracteriza a Joe. “Para molestar un poco a Joe, diré esto bien rápido para que no nos entienda: es un hombre que en todo momento, incluso en los momentos alegres, fue derecho a lo difícil. Es un hombre generoso, de una amplia trayectoria y que ha dedicado toda su vida a servir y hacer feliz a los demás. Un hombre muy querido por todos… y un gran amigo”

Tras decir esto, queda claro que la intensión del padre Cánepa fracasó.

Joe entiende perfectamente y sus ojos se llenan de lágrimas. No de pena, sino que de aprecio.

EPÍLOGO

El sol ya se puso. Los cinco días de entrevista acabaron. Al atravesar el umbral de la puerta, los tres moradores de la casa se despiden de mí. En medio está el padre Joseph A. Dorsey. Su expresión ha Cambiado. Parece estar retraído, reflexivo. En tres años podría cumplir un siglo y pareciera que recordar el pasado le ha hecho notar el peso de una vida. Una sucesión de acontecimientos que lo llevaron alrededor del mundo y que finalmente lo dejaron en Chile. En unas horas más volverá a su cuarto y quizás repase los álbumes de fotos. Pero a pesar de lo reflexiva de su expresión. El rostro de Joe se ilumina. Sonríe, y sus ojos –los mismos en que el Rafa vio el alma de niño, los mismos que en algún momento fueron testigos de la maldad, pero también de la posibilidad de redención- destellan con los últimos rayos de sol.

 

 

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