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El último paseo de Aylwin

Aleister Quezada

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Miguel Patricio era amante del ping-pong y de las tardes al aire libre, características que lo convirtieron en un vecino más del barrio Diego de Almagro. Todos sabían que este señor tan bien vestido trajo la democracia al país, pero su forma de ser lo hacía parecer un ciudadano cualquiera. Más de alguna vez, una vecina escuchó entre murmullos: “mira, ahí va el único presidente que no ha robado, y es vecino mío”.
Por Erich Martens y Felipe Valdés

Un hombre llega a su casa, y el primero en recibirlo es un guardia de civil. “¡Buenas noches señor presidente!”, le dice al tiempo que junta sus piernas y se lleva la mano derecha a la cabeza. “Buenas noches estimado”, le responde el hombre, con una sonrisa que esconde el cansancio y el peso del trabajo. Abre la reja que divide la calle Arturo Medina de un antejardín repleto de flores rojas, amapolas y una enredadera absolutamente verde. Cierra la puerta detrás de sí. Por primera vez en el día, el hombre está solo. Sin guardias. Sin chofer. Sin políticos.

Se dirige a su despacho para luego sentarse. No sin antes cerrar la puerta. Se suelta un poco la corbata, pero solo un poco. Pone sus antebrazos sobre el escritorio. No hay demasiadas cosas, solo unos libros arrimados y un cubo con tres lápices que no cuestan más de doscientos pesos. El hombre observa su despacho. En una esquina tiene una bandera de Chile con el símbolo patrio. Al costado, una estantería repleta de libros. La mayoría, códigos de derecho y libros con teorías legislativas. También algunas revistas, pues al hombre le interesa estar informado.

También observa el muro que dedicó para colgar fotografías con gente importante y sus diplomas, que le recuerdan su trayectoria académica.

Ya pasaron cuatro años desde que la banda presidencial fue suya, y con ella, la restablecida democracia. Ahora, todo esto le pertenece a otro. Ya no le dicen mandatario. Ahora solo es Miguel. Miguel Patricio.

Mi vecino Aylwin

Desde que Patricio Aylwin dejó su puesto en La Moneda, han pasado 22 años. Desde su último paseo, un mes. “Yo lo vi caminando perfectamente, sin bastones. Sin nada. De hecho, era su esposa la que tenía que andar agarrada de una enfermera, pero él se veía muy bien”, dice una vecina que vive a dos casas de la residencia Aylwin.

La contusión craneana provocada por una caída en diciembre del 2015, marcó el declive de su estado de salud. Pero a pesar de eso, al ex mandatario siempre se le vio caminar con bastante energía por las calles aledañas a Diego de Almagro.

A eso del mediodía, cuando el sol ya pegaba más fuerte, Miguel Patricio salía a pasear. “Corbata roja, camisa blanca, un terno negro y sus zapatos bien lustrados. Así se le veía por el barrio”, dice Ana Labbé, dueña del puesto Tuttifruti, un kiosko de verduras ubicado frente a la plaza El Bosque.

“Don Patricio venía de vez en cuando a comprar aquí. Le encantaban las papas bien lisas. Las usaba para hacer cazuela. También llevaba plátanos, peras de agua y duraznos conserveros. En el verano se ponía contento porque yo traía sandías y le encantaban”, recuerda.

Después de pasar por el puesto de frutas y verduras, era parada obligatoria la plaza El Bosque. Ahí se detenía para jugar con los niños del parque. “Les pateaba la pelota, con 95 años en el cuerpo, el viejito se veía muy activo”, agrega Ana.

El hecho de ser el ex presidente de Chile, lo obligaba a tener que caminar con una escolta. Generalmente se trataba de dos guardias de civil. “Don Patricio era reflexivo, y siempre que lo veía con la escolta, me daba cuenta que ella iba como a 2 metros de él. Le hacía un gesto con la mano como pidiéndole que se fuera más atrás”, rememora José Corbalán, vecino y ex alumno de Patricio Aylwin.

Los vecinos lo consideraban uno más del barrio. Lo saludaban y él respondía con una sonrisa. “En el fondo, él entendía que si lo saludábamos era porque sabíamos que era un hombre famoso, y no necesitaba conocernos para devolvernos el gesto”, recuerda Javiera Soto, una joven de 27 años que vivía a unas cuadras de la casa presidencial.

A Patricio le gustaba lucir a su familia por el vecindario. “Era querendón con los niños. Una vez lo vi buscando al Viejito Pascuero con sus nietos”, agrega.

El barrio le pertenecía a la familia Aylwin. La ex primera dama, Leonor Oyarzún, hasta el día de hoy se arregla el cabello en el salón de belleza Roxy, ubicado a dos cuadras de su casa, donde acude al menos dos veces por semana. Cuando ya está peinada, acostumbra a pasar al salón de té que está justo al lado. El local se llama Café Alma, donde más de alguna vez se le ha visto tomando un cortado con su escolta.

La iglesia también les queda cerca. “Decir que venían todos los domingos no es para nada exagerado”, dice el recepcionista del colegio San Ignacio, recinto donde la familia Aylwin Oyarzún practicaba el catolicismo. “Llegaban siempre por Francisco de Bilbao en una camioneta negra, y don Pato se bajaba con un choclón de niños y familiares. Otras veces venía con su esposa no más”, asegura.

A Patricio Aylwin le gustaba sentarse lo más adelante que pudiese y siempre al lado del pasillo. Ahí se le veía con las manos entrelazadas y escuchando la homilía.

Después de misa, recibía a hijos, nietos y bisnietos en su casa. Los amigos también eran bienvenidos, pero a diferencia de los familiares, los amigos tenían que acreditarse ante Carabineros.

Galletas dulces y pan tostado

Cecilia Vega es Fiscal Judicial recientemente jubilada. Pero fue antes de llegar a ese cargo, cuando ejercía como juez del Cuarto Juzgado Civil de San Miguel, cuando conocío a Miguel Patricio Aylwin hijo. Desde entonces, se formó una relación de amistad que traspasó los límites del profesionalismo. Pero fue en una convención celebrada en 1990 cuando conoció al recien nombrado presidente de la República.

“La última vez que vi a don Patricio fue hace cinco años. Me invitó a tomar once junto a su esposa a eso de las cinco de la tarde. Nos sentamos a la mesa y su nana nos sirvió cositas. Teníamos galletas dulces, tecito y pan tostado con mantequilla. Yo sentí que estaba tomando once con mi familia”, recuerda Cecilia.

La casa de los Aylwin Oyarzún es espaciosa. Está compuesta por una casona grande y una pareada, donde Patricio se reunía con todo tipo de gente que pedía audiencia con él. Justo al centro, un corredor donde Aylwin instalaba una mesa de ping-pong.

“Se ponía a jugar con los vecinos, con los hijos y con los nietos. Le encantaba el ping-pong. Era bueno, no cualquiera le podía ganar”, asegura José Corbalán.

Las casas estaban rodeadas de plantas y flores. “A su padre le encantaba jardinear, y según entiendo, el ayudaba a su señora Leonor con el jardín”, comenta Cecilia.

Un último adiós

Por primera vez en mucho tiempo, no fue a pie que salió a caminar. El sol no estaba como le habría gustado. La escolta era más numerosa y esta vez, ya no era él quien saludaba. Era su pueblo. Un pueblo que lo eligió para restaurar la tradición democrática que el país había extraviado. Esta gente -a pesar del frío y el pronóstico de lluvia- de a poco llegó a la Plaza de Armas y se fue ordenando entre las barreras papales y la Catedral Metropolitana. Aquí había personas de todo tipo; nacionales, extranjeros, viejos, jóvenes, ricos, clase media y pobres. Todos expectantes, aguardaban que don Pato estuviera listo para partir.

En medio de la espera, las puertas de la catedral se abren y sale Miguel Patricio, acompañado de sus nietos. Como una señal, se escucha un fuerte aplauso de parte de todos los que ahí están. Es verdad, el ex presidente ya no es el que saluda. Es su pueblo el que se despide, agradecido.

Su guardia cambió. Ya no era los típicos guardias de civil que lo seguía a dos metros de distancia. Ahora se trata de un escuadrón de escoltas.

El cortejo sale de la plaza, avanzando a lenta velocidad por Catedral hacia el poniente, para llegar hasta Morandé. Aquí dobla hacia el norte, donde recibe el homenaje de gente que se ha apostado en el lugar. Por último, la procesión avanza por General Mackenna hacia el oriente para continuar su rumbo al cementerio.

En la Plaza de la Paz lo esperan sus viejos camaradas: Enrique Krauss y Renán Fuentealba, quienes dedican una última despedida al “capitán”. Dos miembros de la escolta retiran la bandera que cubre al viejo mandatario. Se la entregan a la señora presidenta, quien a su vez se la da a Leonor Oyarzún, la eterna compañera. Suena un clarín, luego tres disparos de salva.

Son las 5:02 de la tarde. Hace más de una hora, su familia se encargó de darle un último adiós a Miguel Patricio Aylwin. Y por fin, como si hubiera estado aguardando todo el día, el cielo derrama un par de gotas sobre el lecho del presidente que trajo la democracia al país.

El vecindario ya está limpio. No hay papeles del cortejo. La fruta de la señora Ana Labbé sigue ahí, esperando clientes. Cecilia está en un viaje con su familia. José en tanto, prefirió caminar a su casa para estar con los suyos. “Tengo un nieto de 14 que una vez le preguntó a Aylwin cómo ser presidente. Ahora le voy a preguntar qué le dijo”, promete. Sus vecinas de al lado, lamentan el hecho de sentir que ya no vive el ex presidente cerca de su casa, porque con él, “el vecindario estaba más seguro”. En tanto, la avenida Diego de Almagro sigue funcionando. Los autos volvieron a pasar por las calles. Los furgones de prensa ya no están. Un barrendero limpia los últimos papeles que dejó el homenaje al ex presidente. El 19 de abril del 2016 quedará en los libros de historia como “el día en que murió Aylwin”.

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